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Perú busca consolidar su liderazgo minero con una cartera de proyectos de US$ 64.000 millones

La industria minera en Perú se encuentra en un momento determinante, gestionando una ambiciosa cartera de inversiones que asciende a aproximadamente US$ 64.000 millones. Este capital representa no solo una oportunidad de expansión económica, sino el reto de trasladar decenas de iniciativas desde el papel hasta la fase de operación comercial. En un entorno global marcado por la transición hacia energías limpias, el país busca consolidar su posición como proveedor estratégico de metales críticos, apoyándose en su robusta estructura macroeconómica y su vasta riqueza geológica.

El portafolio oficial del Estado comprende actualmente 67 proyectos principales. La distribución de estos recursos refleja la vocación cuprífera del territorio: el 71% de la inversión se concentra en el cobre, seguido por un 13% destinado al oro y un 16% repartido entre otros minerales esenciales como el hierro, zinc, plata y estaño.

Además de las grandes obras de infraestructura minera, existe una apuesta decidida por el futuro del sector a través de la exploración. Se han destinado US$ 1.000 millones para 84 iniciativas de prospección, con el objetivo de identificar nuevos yacimientos que aseguren la sostenibilidad de la actividad a largo plazo.

El desempeño del sector ha mostrado un crecimiento vertical en los últimos años. Al comparar las cifras de 2020 con las proyecciones de cierre para los primeros once meses de 2025, el incremento en el valor de los envíos al exterior es notable. El cobre escaló de US$ 846 millones a una cifra impactante de US$ 24.960 millones. El oro pasó de generar US$ 1.044 millones a superar los US$ 20.260 millones y otros metales como el plomo y el zinc también registraron incrementos significativos, consolidando una balanza comercial altamente superavitaria.

Este auge permitió que, en el último año, las exportaciones totales del país alcanzaran los US$ 90.000 millones. De este monto, el sector minero aportó el 60%, evidenciando que la economía nacional depende intrínsecamente de la extracción de recursos minerales.

A pesar de la bonanza en los precios y el volumen de exportación, voceros del gremio minero y altos directivos del sector advierten que la capacidad de producción actual no es suficiente. El verdadero obstáculo radica en la dificultad para incorporar nuevas operaciones al sistema. El «cuello de botella» se identifica principalmente en dos frentes: la lentitud en los procesos administrativos (permisología) y la persistente conflictividad social en las zonas de influencia.

Desde la administración pública, se reconoce que el crecimiento económico de 3,3% registrado en 2025 fue impulsado por una inversión privada dinámica, donde la minería jugó un papel central. Sin embargo, para mantener este ritmo, el viceministerio de finanzas subraya que la celeridad en la ejecución de las inversiones es el factor crítico que determinará el liderazgo regional del país.

Perú mantiene ventajas comparativas que lo hacen atractivo para los capitales internacionales. Una de las más relevantes es el costo de la energía eléctrica. Mientras que el promedio regional se sitúa en US$ 14,7 por kWh, el sector minero local accede a una tarifa de US$ 10,7, optimizando los costos operativos de las plantas de procesamiento.

A esto se suma una posición privilegiada en el ranking de reservas mundiales como el segundo lugar en reservas de cobre, primer lugar en reservas de plata y posiciones destacadas en molibdeno (3°), zinc (4°), plomo (5°) y oro (8°).

Para el periodo actual, el Gobierno ha priorizado 12 proyectos estratégicos que suman inversiones por más de US$ 23.000 millones. Estos proyectos están bajo la responsabilidad de diversos consorcios internacionales y empresas locales que buscan ampliar unidades existentes o construir nuevas minas.

Para que estas inversiones cristalicen, el país debe implementar una estrategia integral que incluya gestión social proactiva donde se establezcan mecanismos de diálogo permanente y orientar los beneficios hacia el desarrollo territorial genuino. Modernización estatal agilizando los permisos sin relajar los estándares ambientales y formalización donde se integre a la minería artesanal en la economía legal y erradicar las prácticas ilegales que dañan el ecosistema.

En conclusión, la minería peruana se encuentra ante la oportunidad histórica de transformar su potencial geológico en un motor de desarrollo sostenible, siempre que logre destrabar los nudos institucionales y sociales que hoy frenan su expansión.

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