El mercado de productos de panadería festiva en el Perú ha demostrado una notable resiliencia y capacidad de expansión durante el año 2025. Según informes especializados en economía y negocios globales, las exportaciones de este emblemático bizcocho navideño alcanzaron cifras superiores a los US$ 7.1 millones entre los meses de enero y octubre. Este resultado representa un crecimiento del 3.6% en comparación con el mismo ciclo del año anterior, consolidando una tendencia al ascenso que se viene observando en el último quinquenio.
El consumo de este producto en el extranjero está fuertemente impulsado por la nostalgia de las comunidades latinoamericanas y la creciente aceptación de la gastronomía peruana en el mundo. América del Norte se mantiene como el principal destino, absorbiendo más de la mitad de los envíos totales, a pesar de una ligera contracción en su tasa de crecimiento. Por otro lado, el mercado sudamericano, específicamente el de Chile, mostró un dinamismo excepcional con un incremento en la demanda superior al 25%.
La presencia de este producto también se ha extendido hacia mercados más distantes. Destacan las operaciones comerciales en el continente europeo, con países como los Países Bajos, España e Italia recibiendo cargamentos significativos. En Asia, Japón continúa siendo un socio relevante, mientras que en la región centroamericana y andina, naciones como Costa Rica, Canadá, Ecuador y Bolivia completan el mapa de distribución global de este bizcocho.
Una de las estrategias más interesantes adoptadas por la industria panificadora peruana es la diversificación de su oferta mediante el uso de insumos autóctonos. Con el fin de desmarcarse de la receta tradicional europea, diversas empresas locales han integrado ingredientes de la biodiversidad peruana. Los súper alimentos se han introducido en versiones artesanales que incorporan tubérculos andinos como la maca orgánica y cereales de alto valor nutricional como la quinua. Los frutos y cacao han sustituido a las clásicas frutas confitadas por aguaymanto deshidratado, arándanos e higos que han ganado popularidad. Asimismo, el uso de nibs de cacao de origen amazónico y harinas integrales fortificadas responde a una tendencia de consumo más consciente y saludable. Por último con la aparición de las líneas especializadas, el mercado ha visto nacer opciones diseñadas para necesidades dietéticas específicas, incluyendo versiones veganas sin derivados lácteos, productos ricos en fibras y opciones reducidas en calorías que emplean frutos secos como castañas y pecanas.
Desde la perspectiva de la producción interna, la región de Lima lidera de forma absoluta la capacidad exportadora, concentrando más del 84% de los envíos totales hacia el exterior. A esta le siguen en importancia el Callao, por su infraestructura logística, y regiones como Tacna, Lambayeque y Arequipa.
En cuanto a las organizaciones que impulsan este comercio, el sector está dominado por grandes conglomerados de la industria alimentaria, incluyendo una de las multinacionales de nutrición más grandes del mundo, así como destacadas compañías nacionales especializadas en lácteos, chocolates y distribución de productos de consumo masivo.
A pesar del éxito exportador, Perú también es un receptor importante de este producto. Durante los primeros diez meses de 2025, las importaciones crecieron casi un 90%. El principal proveedor es Brasil, que suministra el 66% de los panetones importados, seguido por Italia, la cuna histórica del producto. Estas importaciones son gestionadas principalmente por grandes cadenas de supermercados y distribuidoras de productos de alta gama que buscan satisfacer la demanda de variedades europeas tradicionales.
El fenómeno del panetón no se limita a las cifras económicas; posee una profundidad histórica que lo vincula con la Europa medieval. Según expertos en historia de la alimentación, su origen se encuentra en los «panes de fiesta» que se consumían en celebraciones litúrgicas importantes. Su llegada a Sudamérica fue el resultado de los flujos migratorios italianos entre los siglos XIX y XX, quienes trajeron consigo sus costumbres culinarias, convirtiendo este bizcocho en un pilar de la identidad navideña en toda la región.